Alcaraz pone el último clavo en la tumba del viejo mundo
Cómo de grande habrá sido la rivalidad entre Roger Federer y Rafa Nadal para que a Novak Djokovic, mejor tenista de siempre, no le haya bastado ganarles: ha tenido que sobrevivirles. Ha tenido que vivir lo suficiente dentro de una pista para que el mundo entero, ahora sí, reconozca su historia de épica y grandeza, para que las gradas coreen su nombre, para despojarse de la etiqueta de incómodo invitado a la fiesta entre Federer y Nadal con la que empezó y arrogarse la de mejor campeón de la historia con la que acabó. No es extraña su educada estupefacción al escuchar de boca de un periodista que había sido un perseguidor de Nadal y Federer y ahora de Sinner y Alcaraz: como preguntarle a Messi qué se siente persiguiendo antes a Ronaldinho y ahora a Lamine Yamal. “Algo pasó en medio”, vino a contestar Nole. Para reconocer la gravedad de eso que pasó en medio ha tenido que llegar casi a los 39 años y derrotar a cinco sets, en un partido legendario, a una máquina casi invencible 14 años menor: Jannik Sinner. Ha tenido que presentarse en una final en la que ya nadie lo esperaba. A Djokovic nunca se le espera y siempre es el último en irse.