La intrahistoria de la decisión de Sánchez de no “mirar a otro lado” para evitar que España fuera arrastrada a una guerra ilegal
El pasado fin de semana fue caótico, según admiten fuentes gubernamentales. Las noticias que llegaban del otro lado del Atlántico eran ambiguas, si no contradictorias. El presidente estadounidense, Donald Trump, emprendía una guerra que ha incendiado Oriente Próximo desde su residencia privada de Mar-a-Lago, con un reducido grupo de colaboradores, mientras los Estados Mayores y altos funcionarios del Pentágono esperaban instrucciones en Washington. El Gobierno español no fue avisado de la inminencia del ataque. Tampoco lo fue ninguno de los aliados, incluida la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, la más afín a Trump, cuyo ministro de Defensa, Guido Crosetto, quedó atrapado en Dubái, donde pasaba un fin de semana familiar. La negociación que estadounidenses e iraníes mantenían en Ginebra sobre el programa nuclear en Teherán parecía encarrilada hacia un acuerdo. Hasta que empezaron a caer las bombas.