Noticas

La sucia deriva del porno inmobiliario

Soy consumidora de porno inmobiliario desde hace décadas, desde que allá por el año 2000 Idealista me enseñara a geolocalizar casas ajenas, algo que entonces parecía revolucionario. Así descubrí que en La Moraleja todos cocinaban en islas mientras que en la sierra de Gredos era difícil encontrar un salón donde los reposabrazos del sofá no fueran de madera. Me daba vergüenza consumir esta clase de contenido, había algo obsceno en asomarse así a la vida de los otros. Pero entonces apareció mi admirada Sofía Coppola (estamos ya en 2013) y dijo aquello de que cuando quería relajarse se tomaba una copa de vino mientras practicaba porno inmobiliario en The New York Times. Mi oscura afición me pareció entonces sofisticada y seguí consumiendo. Así fue como me convertí en testigo de la evolución y nacimiento de unas prácticas sadoinmobiliarias cada vez más guarras, más duras, más ideológicas y con más adeptos.

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