Sin comida, sin agua y durmiendo en un parque: Baleares reproduce los fallos de la crisis migratoria canaria
Son las cinco de la mañana de un martes ventoso en el puerto de Palma. El motor de los coches que aguardan el primer ferry apaga los susurros de un puñado de sombras que se mueven incómodas sobre un césped lleno de bichos invisibles. Todo pica. Son casi treinta personas que llegaron en patera el día anterior, y que la Policía Nacional ha ido dejando allí durante la tarde. No tienen comida, ni agua, ni información. Solo una bolsa de basura con su ropa sucia, un neceser básico que les dio la Cruz Roja y un número escrito con rotulador permanente en el dorso de la mano. El número 12 es Fouss, un joven de Malí que se ha introducido como un gusano en una bolsa de basura para protegerse de la tromba de aire frío. La 10 y la 11 son las somalíes Ikram y Aisha, que no pueden dormir rodeadas de desconocidos. El 23, Souleyman, un nigeriano fan de Michael Bolton, se mantiene en vela, pensativo. El que menos, lleva dos días sin comer. Están sucios y locos por conectarse a internet y llamar a su familia. El parque donde los vecinos pasean sus perros se ha convertido en un campamento de refugiados precario e improvisado.