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La reina Urraca, pionera del empoderamiento femenino, murió de parto el 8M de hace 900 años

“¡Oh maldad! Nada respeta, de nada se avergüenza una mente llena de pestífero veneno, no rehuye nada abominable”. El clérigo francés Giraldo de Beauvais se despachaba a gusto contra la reina Urraca (1081-1126) en la Historia Compostelana, esa obra colectiva del siglo XII dedicada a narrar las hazañas del, también poderoso, primer arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez. El jefe eclesiástico y la soberana mantuvieron una tensa relación por puro interés político y de dominio territorial. En ese tira y afloja con el arzobispo por el control en Galicia, la monarca llegó a padecer en sus carnes un amotinamiento ciudadano (que en realidad iba contra el prelado) en las calles de Compostela, donde fue desnudada, golpeada, arrastrada por el fango. Y a la hora de contar su reinado para la posteridad, tal y como recogen María Carmen Pallares y Ermelindo Portela (en su análisis La reina Urraca y el obispo Gelmírez. Nabot contra Jezabel), los escribas del momento pasaron de llamarla “nobilísima” dómina a describirla como “fiera Erinia”, “Jezabel” o “hija de Babilonia”. Y a asegurar que gobernaba, por las veleidades de su sexo femenino, “tiránica y mujerilmente”.

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